lunes, noviembre 01, 2010

VIEJAS HERIDAS

Alicia, Oh pequeña Alicia,
Aleja, alejate, de los espejos,
de las fantasias, de todo lo que te hace dudar,
de todo lo que hace sentir grande y luego pequeña,
Aleja, alejate, de los conejos blancos y los gatos atigrados,
Aleja, alejate, de los hombres que cuentan historias de sombrereros y reinas.
Era un buen poema, lo recitaban a alta voz cada vez que Blackfield pasaba cerca. Wolf era otro escritor de indecente modo de vida, que conseguía, dada su larga vida en el mundillo, en pocas palabras, lo que quería. En aquellos momentos, lo que más quería era fastidiar a Jules Blackfield. Wolf sabía de la admiración que sentía Blackfield por Lewis Carroll. Blackfield se sentía, en unas cuantas cosillas, identificado con Carroll. Wolf, se jactaba de saber por qué. Realmente, el poema, no lo escribió Wolf, Wolf le pidió a la única escritora femina del grupo denominado por ellos mismos, Groteskos, que le escribiese algo, algo relacionado con Alicia en El país de las maravillas. Karen aceptó pues si a Wolf le gustaba, le pagaría una buena suma de dinero, dinero que en su estado, embarazada y sin hogar, le vendría de maravilla. Karen, para ser mayor que Blackfield, siempre lucía joven, de la edad de Blackfield o asombrosamente menor. Con sus rasgos finos, sus cabellos dorados revueltos y su actitud caprichosa. Blackfield deducía que de niña habría sido una de esas que suplicaban a sus adinerados padres poder dar clases de ballet. Blackfield no andaba desencaminado. Karen y Blackfield solían tener largas conversaciones cada vez que se encontraban en el Midnight Cabaret o en algún certamen prohibido.
-¿Cómo lo haces? -Le solía preguntar Blackfield totalmente fascinado ante la belleza infantil de Karen.
-¿El qué? -Mascullaba ella, tratando de colocar algunos mechones de su revoltoso cabello.
-Eso. -Le trataba de explicar o al menos, indicar él. -Esa luz propia de las hadas que desprendes...
-Ah... Ya... Supongo que es cuestión de suerte, mi madre era una actriz muy guapa...
Karen se sentía bien junto a Blackfield, sentía que tenía a alguien tán inusual como ella, con el que poder hablar de cualquier cosa e incluso ser una misma. Un día, como capricho del destino, se encontraron en mitad del viejo parque. Karen ya tenía a su hijita nacida, se había casado y aunque apenas escribía, se sentía muy orgullosa de su misma. Blackfield, en cambio no parecía haber cambiado mucho su estilo de vida. Sus miradas se encontraron, los ojos de él brillaron y los de ella, se abrieron y se cerraron varias veces pues parecía incapaz de asumir que estaba frente a él. La pequeña y preciosísima Rachel le miraba con curiosidad, llevandose algunos dedos a la boca. Era tán rubia como su madre y sus ojos eran tán expresivos, tán claros y verdosos como el agua marina. Karen sonrió ampliamente al pronunciar su nombre.
-Jules...
-Karen. Qué alegria volver a verte.
Blackfield también sonreía. Fue un momento tán hermoso, tán hermoso que parecía irreal, un sueño o una imaginación. Karen, posó sus dedos sobre el rostro de Blackfield. Era real, Karen no estaba sufriendo una ensoñación. Últimamente sufría muchas, cosa que preocupaba a su marido, ciego pero para nada tonto. Dieron un largo paseo y charlaron de tantas cosas...
-Veo que tú niñita ya ha salido de tu vientre.
-Sí y me costó lo suyo hacerla salir. -Le confirmaba Karen besando a Rachel en la frente. -¿Y tú? ¿Qué has estado haciendo durante todos estos años?
-Escribir. -Respondió Blackfield encongiendose de hombros.
-¿Sólo? Estoy segura que has hecho muchas cosas más, conque se sincero. -Le acribillaba Karen, ansiosa por confirmar ciertos rumores.
-Bueno, he tenido algunos problemas en el Midnight Cabaret pero ahora todo va bien...
Karen se paró en seco, arqueando una ceja miró fijamente a Blackfield. Deseaba preguntar qué clase de problemas habrían sido pero mirando a su hija, que le devolvió la mirada con una entrañable sonrisita, preferió callar y seguir adelante. Se decían tantas cosas.
-Por cierto, el poema, ese que Wolf y los demás aún me recitan gritando, sé que no lo escribió él. No dejes que se lleve la gloria, es precioso y muy interesante. Wolf jamás sería capaz de escribir así.
Dicho eso, Blackfield, se despidió de ella, alzando una mano agitada varias veces, mientras avanzaba hacía la salida del gran parque, dejando a Karen con Rachel, sola y avengonzada.

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