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domingo, agosto 11, 2013

Capítulo I - Sombras del recuerdo fantasma

  1.  No hay noches largas en los valles de Vertiefung Höhle


 No estuve allí, pero puedo recordarlo. El presidio era grande, basto y oscuro, un gran bloque de concreto de veintiseis pisos. Por fuera se agrietaban celdas del tamaño de hombres, una sobre la otra como una colmena de almas. A lo lejos la estructura hacía un agujero perfectamente cuadrado en el atardecer, un portal gris plomo, seco y muerto que tragaba vidas. Sin colmillos las engullía, y creaba una masa de piel, órganos y huesos. Durante el medio día se podía escuchar el llanto de los hombres atrapados dentro, gritos de dolor que con los ojos cerrados hacía parecer que de verdad Sinisyys se los estuviera comiendo vivos.

La prisión más grande que jamás había existido, el temible cajón de Sinisyys; los que entraban nunca verían otros colores de nuevo, excepto el gris de la fachada, el azul de sus interiores, el negro de la piedra y la noche, el rojo de la sangre y el amanecer.


Por dentro, el piso, las paredes y el techo estaban esculpidos en una sola pieza en sodalita  azul y unidos entre sí por otras piedras y minerales ancestrales. Los amaneceres carmín resaltaban una capa cristalina que sobre el concreto se había formado por las precipitaciones; no llovía con regularidad, pero cuando caía agua del cielo se abatían pesadas gotas ácidas que podían irritar la piel y crear graves abscesos. La lluvia no carcomía mucho el recio concreto, pero sí formaba una película parecida a un cristal frágil que algunos exiliados usaban para drogarse. El cristal pulverizado era llamado Grieß, altamente adictivo, tenía propiedades analgésicas; pero en su exceso provocaba alucinaciones. Al final, siempre la adicción causaba un evenenamiento general que terminaba en una muerte violenta.

No se sabe qué dioses o demonios construyeron la prisión, ni a quién querían castigar encerrándolo allí; pero desde que el primer dominio politeísta de la región cayó, han encerrado a los exiliados en el lugar, y es seguro que no fue construida por ningún ser mortal. La cadena perpetua es la sentencia de la autoridad del reinado actual; pero cualquier condenado que entra se enfrenta a un veredicto diferente impuesto por los otros prisioneros. La muerte puede saludar a cualquier inquilino recién llegado a la cadena montañosa de Vertiefung Höhle, si El Concilio así lo decidiera.

No había estaciones en la tierra de Vertiefung Höhle, una larga cordillera airosa de piedra negra y arena infértil. Todo el año era verano, con un viento fuerte, constante y seco. A lo largo de casi 290 mil kilómetros se extendían los picos furiosos de Vertiefung Höhle como una cicatriz en los dominios de tierra media; y en uno de sus valles hondos se levantaba el gigante ladrillo gris de Sinisyys, el único pozo que albergaba vida humana en toda la región.

Las hendiduras de las profundas depresiones de la cordillera caían incluso kilómetros abajo, donde el suelo de derretía por la cercanía al centro de la tierra, algunos agujeros llamados Kamin des Teufels, o chimeneas del diablo, emitían gruesas nubes de un humo blanco que invadían el cielo naranja. A veces, la capa de humo era tan gruesa en la atmósfera, que no se podía ver el cielo durante días, el viento las soplaba fuerte hasta crear tormentas y ciclones que los prisioneros llamaban hämäys. Frecuentemente se habían visto paredes de hämäys que parecían sólidas bardas blancas. Si alguien se atrevía a adentrarse en ese mundo pálido o se veía atrapado en una tormenta por mala suerte, el humo le secaba el agua del cuerpo y le extinguía el oxígeno de los pulmones. Había algo peor que ser prisionero en Sinisyys, y eso era ser alcanzado por un hämäys, una muerte lenta, dolorosa y desesperante.

La luz solar en el cajón de Sinisyys duraba apróximadamente 18 horas diarias, el sol se ponía completamente en el horizonte durante otras seis. Frecuentemente algunos prisioneros perdían la cabeza por falta de sueño suficiente ya que los momentos de luz fuera de la prisión asemejaban al de cualquier otro desierto, intenso y constante. Quienes sucumbían en los trabajos forzados a las afueras de Sinisyys sufrían de perforaciones en la piel por el sol. La sodalita interna del recinto absorbía toda la energía del astro rey que afuera ardía, y las celdas brillaban horas aun después de que se había puesto el sol. Incluso las minas profundas no necesitaban muchas antorchas hasta después de la media noche.

El Concilio, sin nombre propio ni insignia, era la organización con más poder dentro de la Sinisyys; eran ellos quienes decidían cuáles condenados trabajarían extrayendo la piedra negra en las afueras, o perforando túneles en las minas para encontrar piedras preciosas. Los otros clanes aceptaban sin queja pero con mucho recelo las decisiones del Concilio, ninguno de los prisioneros podía saber con antelación cuándo llegaría otra entrega de nuevos condenados.

Recuerdo vagamente que acababa de anochecer en las afueras de las praderas de Grünland, el carruaje de tres metros era jalado por ocho caballos frisones, dos de los más grandes, de pelaje negro y espeso arrastraban con todas sus fuerzas el peso de la inmesa jaula con más de veinte prisioneros, dos guardias y un cochero obeso que, con un látigo rupestre, disfrutaba haciendo exaltar a las bestias con cada azote.

Las pisadas de los cascos de los caballo dejaron de hundirse y sonaban huecos ahora que cabalgaban sobre piedra lisa y negra que conformaba la cordillera de Vertiefung Höhle. El viaje, habría de durar varios días; cuando amaneció, el desolado panorama parecía sacado de una pesadilla. Largas agujas filosas negras salían del suelo, era difícil diferenciar tierra firme de un precipicio, mas a unos pocos pasos frente a la caída mortal, para cualquiera que no conociera el camino, caería a su muerte antes de siquiera darse cuenta que había dado un paso hacia la nada. El sendero era casi invisble ante el ojo inexperto, los únicos que parecían saber el destino eran los poderosos caballos, que nunca mostraron señales de fatiga o miedo ante tal escenáreo.


Los días pasaron lentos y confusos, en el horizonte destellaba un portal azul miniatura, nada comparable con la colozal estructura que de cerca sembraba temor en sus inquilinos. Otro día pasó entre laberintos de roca y montañas, antes de que se pudiera vislumbrar con claridad la tumba lejana que le esperaba a Zmaj Rakuuna, el único sobreviviente de la resistencia, el único que salió con vida del ataque brutal a su campamento que acabó con la vida de su ejército y su jefe de lucha, el líder Ammer Strakess, su mejor amigo.

domingo, marzo 27, 2011

La visita después del ayer

En una sala blanca desgastada, como del blanco de las sábanas de los fantasmas, un rayo amarillo se dispara desde sol a través de la ventana cuadrada en el centro de una pared desnuda. El leve viento de la mañana agita sutilmente dos cortinas asedadas. Pasadas las horas en las cuales el resto del mundo despierta y se regocija de la vida, una joven paciente continúa fingiendo que duerme entre sábanas gruesas y arrugadas.

La impecable y moza enfermera entra escandalosamente al cuarto, infringiendo ruidosamente el piso con sus tacones gruesos y blancos. Esta visión blanquecina, impecable, penetra entre los párpados y la mirada borrosa de la paciente. "Tienes visita", le dice dulcemente a la mujer perdida entre las telas pesadas. "¿Y qué?", balbucea ella en una voz ronca; son las primeras palabras que ha pronunciado en todo el día.

"Un hombre ha venido a verte... te trajo flores", responde con condescendencia, dibuja una sonrisa sin mostrar su perfecta dentadura y continúa: "Es muy guapo". Estrepitosamente la hermosa paciente despliega sus brazos y toma la sábana cubriéndose hasta la cabeza. Sus manos tapan sus oídos esperando desaparecer debajo de las telas, esperando que el colchón se abra en una tumba calurosa y que la cama sea el más familiar ataúd. Un ataúd para la muerta prematura que ha podido ser, el lecho del olvido y la abrumadora paz.

Afuera, el hombre de gran estatura, cabello corto y ceniciento, expone una barba naciente de largos y extenuantes días que delata su edad madura. El hombre que recientemente ha olvidado cómo ser un tímido niño se mueve inquieto en ese pasillo de hospital. El ambiente es inquietante, y el hombre es impaciente. Su gruesa chaqueta de cuero y la camisa abotonada hasta el cuello disimulan los diminutos temblores de nerviosismo. Él no sabe esperar; se aclara la garganta y traga largo. Se detiene por unos segundos viendo intensamente hacia abajo. Sin aviso y con pasos largos, entra a la habitación.

La escena dentro del cuarto continúa similar: sin progreso. El hombre ve a la enfermera inclinada sobre la cama donde una montaña de sábanas blancas brilla con el reflejo de la luz de la mañana. Tira las flores al piso, cientos de pétalos se esparcen alrededor, toma las sábanas con sus gruesas manos arrastrándolas con un rápido y firme movimiento hacia el suelo.

Similar a abrir un inmenso cofre de tesoros hermoso, lo primero qué ve de ella son sus piernas, expuestas, pálidas, de porcelana. Sus ojos pequeños y cansados viajan lentamente por el cuerpo de ella, sus caderas, su cintura, su pecho, sus hombros, su cuello. Ella estaba cubierta por una camisa ancha, de botones oscuros y mangas largas. Él detiene su vista en sus labios, alargando dolorosamente el encuentro con sus ojos, unos ojos azules intensos y profundos, violetas.

La enfermera se desliza fuera de todo el apresurado giro dentro del escenario, desaparece dejando una estela de luz en el aire. Su uniforme brillante bajo los rayos dorados dejó reflejos fugaces en los rostros de los dos amantes que se quedaron inmóviles; perplejos por el encuentro.

Él logra reunir todo el valor del que profesa y posó su miradas sobre los ojos de ella, que abiertos en una expresión de sorpresa se mantienen intermitentes debajo de dos cejas arqueadas, perfectamente perfiladas.

El tiempo se detiene, él puedo escuchar perfectamente los sonidos de su corazón ahogado; el viento casi visible es intruso dentro de la habitación, hace bailar las cortinas y el cabello de la cándida paciente, el cabello negro que roza suavemente las cejas negras, arqueadas, y resalta fantasmalmente sus ojos violetas; densos y culpables.

"¿Por qué no querías verme?", exhala él con su voz ronca entre una respiración agitada. Su rostro se tiñe de angustia mientras abre la boca y respira estrepitosamente con la intensión de tragarse todas las lágrimas para que no lleguen hasta sus ojos. Ella logra cerrar sus párpados por breves instantes pensando qué hacer. Se pone de pie y camina hábilmente para cerrar la puerta; donde se queda paralizada y silenciosa, dándole la espalda al hombre que con miedo, pero con mucho deseo asiste a visitarla en aquel lejano hospital.

Ella gira y lo mira duramente. Él le respondió con una pose paralela, quedando ambos uno frente al otro. Una nube misteriosa cubre el brillante sol matutino y el cuarto se convierte en un terrible lugar somnoliento. Bajo el manto de la sombras ambos se miran a través de memorias crueles. Él sonríe dulcemente; pero ella no reacciona en lo más mínimo. Esta muerta, sin esperanzas ni ilusiones, y solo le queda una expresión vacía.

Él se entristece al sentir esa respuesta indiferente. "¿Por qué lo hiciste?", pregunta pronunciando sus palabras lentamente. Recorre nuevamente su cuerpo: sus pies descalzos, sus piernas, su cintura ceñida, su cuello, su cabello largo y sus ojos de chuiquilla, de muñeca, grandes, vidriosos, extinguidos y violetas.

"Vete. No puedo ocuparme de ti... no quiero pensar en ti, soñar contigo, ni confiar en ti", dice ella lentamente violando el silencio. Sus palabras vuelan como varias puñaladas cálidas, como besos de lecho de muerte, como un gran sueño agonizante. Él baja la mirada nuevamente y niega varias veces con la cabeza.

Violentamente se abalanza contra ella, la empuja contra la puerta, toma sus muñecas y las estruja con fuerzas contra la pared, la acorrala con su cuerpo. Ella sin resistencia, apoya su espalda contra la puerta de la habitación y mira indiferente hacia el vacío y la oscuridad. Él cierra sus ojos, toma grandes bocanadas de aire y se detiene por momentos para sentir la respiración de ella cosquilleando sobre su mejilla. Él se presiona contra su cuerpo, junta su frente con la de ella.


Sin soltarla ni darle tregua, él se aferra cada vez más fuerte a sus muñecas y con dolor le susurra al oído: "Te amo". Él no se atreve a mirarla, en cambio se ciñe más a su cuerpo delicado, entrelaza sus piernas y continúa presionándola contra la puerta de la habitación. Lentamente las palmas de él se humedecen, gotas gruesas se deslizan por sus brazos, sus manos se entibian. Él no sabe qué ocurre pero aún no se atreve a separarse de ella y enfrentarla.

A ella se le agrieta su fría máscara, sus ojos comienzan a inundarse. Los vendajes en sus muñecas se tiñen completamente de rojo. Con sus brazos en lo alto, destilan gotas cálidas hasta sus codos. Él sólo quiero que ese momento dure por siempre.

Hilos negros se escurren entre los dedos de él mientra aprieta ambas muñecas de ella, la paciente frágil, la muñeca de porcelana. Ella suspira y finalmente le murmulla al oído: "Edgar, me estás lastimando".

viernes, agosto 06, 2010

Miedo y Asco en Plaza Venezuela



Mirándome las manos, lo único que puedo pensar es en lo ridículo de esta situación.

Él vuelve a presionarme el cañón de la pistola contra el costado. Se siente como cuando tu novia te da toquecitos en las costillas para que te rías, te dé cosquilleo y eso. Esto no da risa.

Tratemos de poner de lado el hecho de que en el avión me estuve diciendo que una vez en casa me tomaría mi medicación. Por supuesto, eso no ha sucedido, gracias a la aparición de Juanito Alimaña y ahora, durante un clásico atraco caraqueño, estoy teniendo un ataque de ansiedad grandeliga. O sea, veámoslo con realismo: ¿cuáles son las probabilidades de que esto suceda? Vivo cinco años en Madrid, la capital de un país que de vez en cuando se ve asediada por estúpidos psicópatas terroristas sin que me pase nada y aquí me puedes ver ahora, en el mismo día que llego a Caracas para la boda de mi primo, asaltado en Plaza Venezuela. Son las once de la mañana. A mi alrededor parece que hay quienes saben lo que está pasando, pero nadie hace nada. El pacto tácito del silencio.

“¿Esto es todo lo que tienes tú?” me dice él y, en medio de los carros, motos y autobuses dando vueltas a nuestro alrededor, suena como “Pablito clavó un clavito.” Trato de explicarle que doce mil bolos (o doce bolívares, como sea) es lo único que tengo porque literalmente es la única cantidad en moneda nacional que guardé desde que me fui, pero me rindo a mitad de la oración. No creo que a él le importe mucho eso. Y hablando claro, me da como miedito la clase de ideas que le pueden cruzar la mente cuando le diga que vengo de Europa. Levanto la cara al cielo y el sol matutino me aturde. Aunque no puedo garantizar que no son vainas mías, puedo sentirlo achicharrándome el cerebro. Estoy sudando de más y estoy muy consciente de mi respiración, subiendo y bajándome por la garganta como un torrente de goma, pesada, molesta, asfixiante. Esta mañana me bajé del avión, entré en el aeropuerto y me dije que “viví en Caracas la mayor parte de mi vida. Puedo sobrevivir una semana más.” Estúpido, estúpido. Estúpido.

“Entonces, bichitos” vuelve a presionarme él. Tiene la cara regordeta, los dientes un poco separados y está muy bien vestido. Parece que fuese a ver a una chica que trata de impresionar; yo no soy una chica (o no lo era la última vez que revisé), pero estoy poderosamente impresionado, aunque creo que la pistola influye mucho más en mí que su apariencia.

“Pana…” le digo. “Te juro que eso es todo lo que tengo. Estoy llegando a Caracas…” y mientras hablo, estoy pensando “¿Me veo culpable? ¿Irá a creerme? ¿Todas las personas que son atracadas tienen estos pensamientos?” Siento como si tuviese una corbata de plomo. Quiero vomitar y me sorprendo imaginándome su reacción si vomito sobre él. Aprecio demasiado la vida. Opto por contenerme. Por no vomitar.

“Ta’ bien, ta’ bien, tranquilo, vieja” dice él, yo suspiro de alivio… y me suena el celular. Blackberry último modelo, se conecta a Internet, te prepara el desayuno y te da besitos cuando te sientes solo. Él me mira el bolsillo de la chaqueta. Yo me miro el bolsillo de la chaqueta. A mi lado, un autobús da un grito y exhala una nube de humo negro, como un calamar mecánico gigante.

“Cayó esa rata, vale” dice él, sonriendo.

Puedo imaginar mi rostro de miseria absoluta, llevándome la mano a la chaqueta y sacando al que se ha vuelto el organizador de mi vida. “Las cosas que posees, te poseen” leí una vez. Ya no recuerdo quién lo escribió ni dónde lo vi.

“Ta’ bien el peluche…” me dice él, mira a un lado, guardándose el Blackberry y se pierde entre la multitud en una de las aceras cercanas. Ahí estoy, en medio de la gigantesca redoma de Plaza Venezuela, con una taza gigante de Nescafé montada en uno de los edificios a mi derecha. Solía gustarme andar por aquí, aquí crecí, en Plaza Venezuela rondé con mis panas, mi familia, mis novias. Ahora los motorizados les gritan a los taxistas, los peatones se chocan entre ellos, dos perros se pelean por el último pedazo de hamburguesa que se le cae a uno de los perrocalenteros. La torre de La Previsora (tan familiar que casi es una tía… muy gorda) me dice que son diez para las doce y toda mi ansiedad e inseguridad se concentra en una sola pregunta: ¿Fue Caracas siempre así o alguna vez esta gloria colonial en ruina fue realmente sucursal del cielo?

No paso por la casa. Voy a la boda de mi primo directamente, en un taxi que cojo ahí mismo, y que después paga mi mamá, más derrotado que paranoide. Dos cosas captan mi atención en el momento en que llego a la iglesia: la primera es que mi primo se está casando con una de mis ex-novias (luego me entero de que está embarazada). La segunda, Juanito Alimaña está entre los invitados. Ahora entiendo la buena pinta, entiendo su aroma a colonia de bebé. “Usted está entrando en otra dimensión” puedo oír en mi cabeza. “Una dimensión donde lo real y lo irreal se mezcla. La Dimensión Desconocida.”

Acabo de pagarle al taxista y ahora tomo otro taxi, que me lleve de retorno a la casa. No he saludado a nadie, no he hecho acto de presencia per sé, pero ahora soy el niño que se esconde con su mamá… siendo “mamá” una Plaza Venezuela alguna vez magnánima. Al entrar en el apartamento, sigo, autómata, a mi cuarto, lo único preservado en las condiciones en las que lo dejé. Colapso sobre la cama y a mi lado, sobre una almohada, un libro. Miedo y Asco en las Vegas. Eso era lo que estaba leyendo cuando abandoné mi entorno natural. Nunca lo terminé y ahora, poseído por fuerzas superiores a mí, lo abro. Leo el primer capítulo. Con el libro sobre la cara, me quedo dormido.

sábado, marzo 20, 2010

Un final

"Érase una vez", así es como comienzan todos los cuentos: con una inexactitud, con la vaga impresión de un tiempo lejano. ¿Pero por qué debe ser algo pasado, algo sucedido hace mucho tiempo? ¿Por qué no ahora, en este instante... por qué debe terminar el cuento y no seguir mañana?

Es una vez, esta vez, es ahora; y no hay princesas, ni castillos, ni brujas; pero sí hay magia... muchísima magia.

Una mujer apenas escapando de su adolescencia, se mira en el espejo y se pregunta por qué no puede dejar de pensar en las hadas madrinas, en los príncipes azules, en los finales felices. Por qué después de tantos años, las otras niñas que crecieron pensando siendo princesas, se olvidaron de la inútil fantasía y continuaron sus vidas sin mayor recuerdo de la infancia, de los juegos, de los sueños.

Esta mujer se sienta sobre las frías baldosas de su cuarto de baño todas las noches en frente de su espejo. Sin poder olvidar las fantasías que se han convertido en fantasmas en su mente, frente a su reflejo construye todas las noches un mundo mágico donde "érase una vez" tienen sentido.

Imagina noche tras noches los cuentos que acaban en finales felices, en metáforas esperanzadoras, en lecciones valiosas para disfrutar de la vida, y lo más importante: un final con un beso de verdadero amor. Todo tiene sentido en las historias que se inventa, todo tiene un final y un comienzo, todo termina bien, ella tiene el control.

Ella se sienta frente a su espejo mágico y sueña. Pero siempre el espejo se rompe, los cuentos que se narra sobre su reflejo no duran en el tiempo, y el cristal se desmorona. Los finales no significan nada, quedan escritos en una página imaginaria en su agitada memoria y cuando amanecen se desvanecen en el olvido.

Las historias se pierden entre los pedazos del portal roto, y todo lo que quedan son filosos reflejos entre sus dedos, sus piernas, su rostro. Pequeños destellos flotando entre la sangre que le recuerda que la realidad no se puede romper como un espejo.

Y entre las lágrimas se reconstruye un nuevo vidrio sin grietas, como nuevas páginas en blanco para rescribir otro cuento. Ella se mira en su fresco brillo, vacío, y grita.

Esta mujer piensa cada vez más en perderse entre sus fantasías, anhela que las historias las consuman. Pasa las noches imaginando otras vidas, otros nombres, otras "ella". Ha aprendido a ignorar que sólo son creaciones invisibles dentro de sus ojos que se evaporarán una vez que salgan de su mente.

Sólo ella puede saber la maldición que trae consigo ese espejo mágico: una terrible adicción a los sueños y una hipersensibilidad a la realidad fuera del reflejo. La mujer se mira y se traga sus lágrimas, no quiere recordar que nada es real, no quiere alejarse de su portal mágico, no quiere abandonar sus historias que dibujan la única sonrisa que puede mostrar sincera.

Ella quiere entrar en el espejo, vivir las aventuras que se ha narrado, comenzar de nuevo con otro nombre, evitar que por una vez se rompa en mil pedazos la ilusión que le hace feliz. Ayer, hoy, mañana, ¿hasta cuándo se repetirá su suerte?

Acabada la noche la mujer sostiene un halo de luz sobre su pecho, temblando de terror, reuniendo las fuerzas para presionar el cristal contra su realidad que al menos daría final a su triste historia. Rodeada de pedacitos de luz esparcidos en el piso de ese baño, el espejo se ha roto inevitablemente una vez más. Sus manos sangran.

(via thewordsalloverme)

miércoles, noviembre 04, 2009

¿Sabes?

Tuve un sueño contigo, ¿sabes?

De repente te vi tras los destellos de una luz intermitente: aparecías y desaparecías como un espanto. Eras un espíritu iracundo que sólo se paraba allí, frente a mí, con cara de odio. Y de pronto, desapareciste, bajé mi mirada y vi mi mano llena de sangre. Extraña sangre fría. ¿Te había matado como en alguna tragedia griega? ¿Habría matado a lo que más amo en el mundo? No lo creo; porque yo no te amo, ni pensarlo… sólo me agradas.

A veces me saludas de lejos, a veces con un beso flotante. Sí, sólo me agradas. Desperté lentamente y vi mi mano empapada porque había dejado la ventana abierta. Llovía a cántaros y la vidriera junto a mi cama era un portal de chispas transparentes, hiperactivas y frías.

Regresé a enterrar mi cara entre las almohadas y volví a soñar contigo: caminaba por las galerías de una gigantesco museo de muñecas, luego te vi allí, sentado, como reflexionando. Levantaste la mirada, sonreíste y me preguntaste cómo estaba. Te respondí con una sonrisa -porque me agradas- y seguí mi camino recorriendo las galerías.

Tenía puesto un uniforme de colegiala japonesa y llevaba un morral con armas de ninja, el cual me aseguré de que notaras para que pensaras que era buena onda. No todos los días se conoce a una ninja encubierto de colegiala japonesa. Debí sacarte un “Wuao” de la boca; pero no sabría decir porque no volteé a mirarte mientras me alejaba.

Esta vez no desperté antes de tener otro sueño. Una persona indeseable entraba en nuestro salón de clases y yo moría de la desagradable sorpresa. Entonces me miraste sonriendo como si supieras lo que estaba pensando. Debe ser que yo también te agrado. Fruncí mi ceño y te dejé ver mi preocupación.

Pero, desperté y no volví a dormir por el resto de la noche. Seguía rugiendo una tormenta fuera de mi ventana.

No sé por qué soñé contigo.

lunes, octubre 05, 2009

Un sábado loco, loco

Bueno es el primer blog en el que me invitan a participar, desde luego mi amiga es majísima, y me voy a esforzar en poner toda clase de cosas aunque claro quizás no todas sean igual de buenas pues soy un artista frustrado, lo único en lo que creo que he triunfado ha sido en escribir toda clase de historias aptas y no tan aptas para menores, en fin que me alagó mucho que contaran en este proyecto conmigo.

¿Qué podría contaros hoy? Generalmente no salgo mucho de mi pisito pero cuando salgo hay que verme, soy todo un peligro, hace poco, sin ir muy lejos, fui con un amigo a una fiesta de cumpleaños y la verdad creo que fue muy acertado que me fuese a mitad de la fiesta pues o por el alcohol o por la euforia me pasé. Creo que el más avergonzado en aquel momento fue Paul pues algunos eran amigos que a penas me conocian y quizás se llevaron una idea equivocada de mí pues seguramente Paul les dijese demasiadas cosas buenas de mí.

Ahora, pensando friamente lo que dije, sí, yo también me averguenzo. El tiempo que estube fue aburridillo, vinieron pocos invitados pero Paul me dijo que más tarde vendrían todos los demás. ¡Veinte invitados! Yo suelo tener menos. Recuerdo que quien cumplía años era la mujer de Paul con que le regale lo tipico, un traje de premama pues estando embarazada me pareció buena idea. Ella se emocionó, me abrazó y lloriqueo un poquito.

Más tarde a alguien se le ocurrió jugar a un juego bastante interesante y en mi caso peligroso. Consistía en que la persona que cogiese la carta con el número más alto ponía a prueba a la persona con la carta con el número más bajo y después de tres intentos me tocó a mí desafiar, lo cuál fue un gran error y una putada por parte del destino... Cuando llegué a mi piso aún quería más marcha con que llamé al más marchoso de mis amigos, a Peter, que me invito a una fiesta brutal en su casa.

Más alcohol, mucha más gente, música a tope y buff más juegos peligrosos, pero esa vez sí estaba permitido desmadrarse con quien fuese, conocido o no. Serían las dos cuando empece a sentir nauseas. Estaba dispuesto a irme a mi piso cuando el destino volvió a joderme. Era una chavala que no dejaba de mirarme, tan borracha que no tuvo verguenza ni miedo al decirme:
-¡Tío follame como escribes en tus libros!

Pensé que si hubiese sido un chaval lo habría hecho sin pensarlo. Estaba mareado y cansado pero ella insistió y puesto que tenía un look androgino le dí el gusto. Creo que a la mañana siguiente se me ocurrió una canción genial con respecto a ese suceso. Nos fuimos al cuarto de Peter, ir al cuarto de sus padres estaba prohibido. Allí, le dí lo que quería, lo que ningún chaval de su edad le podría dar: un orgasmo. Fui metiéndole un dedo, luego otro dedo, poco a poco. Ella se derretía de placer. Fue fácil pues su imen no estaba muy cerrado, vamos que no era virgen. Los chicos de ahora son muy precoces, en todo. Al encontrarme a Peter lavandome las manos en el servicio me soltó:

-¿Tu no te ibas?
-Tenía un trabajillo por hacer -le dije guiñándole un ojo.
-¡Qué habrás hecho! -dijo él riendose a carcajadas pillando el mensaje.

Acto seguido fue a su cuarto y ahí estaba ella, la chavala medio en bolas con una firma mía en un cachete del culo. Desperté a la mañana siguiente con un resacón del copón y con un número de telefono escrito en la mano. Al final no estubo nada mal la noche y mira a la chavala la nombro cada vez que canto. Andros, asi llamé la canción.

domingo, agosto 09, 2009

Demencia transitoria

A la media noche escudriñaba la programación nocturna de películas desterradas en la televisión. Pasaba el centenar de canales una y otra vez, su mano sostenía el control remoto y su dedo tocaba el botón ininterrumpiamente de manera automática. Apagaba el aparato, volvía a encenderlo, lo apagaba de nuevo y se retorcía entre sábanas tibias y arrugadas.

De momentos se quedaba observando el relog de grandes números rojos y brillantes, los segundos pasaban rápido, pasaban lento, no pasaban, el tiempo se congelaba y una brisa fría agitaba las cortinas de las ventanas dejando pasar luz de los faroles de la calle.

Encendía la luz de la habitación y revisaba los cajones de los muebles, revolvía su ropa, sus diarios, sus peines, una cajón tras otro. Parecía buscar algo que no se había perdido, parecía que esperaba encontrar un tesoro entre el clóset y entre sus zapatos. Era la 1 de lamadrugada y ordenaba el desastre que dejó detrás de una momentánea desesperación. Doblaba sus piyamas, sus camisas, lenta y cuidadosamente, tal vez esperando si de una manera más calmada apareciera su somnolencia escapada. Y luego, aburrimiento.

Abría la puerta de su habitación y sólo veía las sombras, oscuridad, el viento moviéndose al fondo de las penumbras, no existía ni siquiera un sólo espíritu encantado que acompañara su inútil vigilia. A las 2 y media de la mañana, bajó las escaleras y bebió un poco de agua; virtió nuevamente líquido hasta el borde del vaso y se lo llevó con ella escaleras arriba, otra vez a su habitación.

Abrió las cortinas y entrecerró los ojos por la luz artifical que invadía su espacio, colocó el vaso en la mesa de noche y se recostó sobre su costado en la cama revuelta. A las 3 y cuarto veía los rayos de la luz de la calle pasar por el vaso transparente, y entre el agua veía elreflejo de brillos hacia una pared desnuda. Era hermoso.

A las cuatro se sentó frente a una ventana, esperando que su cama se enfriara y que dejara de ser tan famliar, veía las nubes pasar y las luces apagadas del resto de las ventanas. Comenzó a llorar y a taparse la cara, sus lágrimas corrían por su rostro como si extrañara a alguien que nunca había existido; faltaban veinte minutos para las cinco.

Encendió las luces de su habitación, se agitaron un par de cigarras entre la lámpara haciendo sombras inquietas alrededor del cuarto. Tomó unfrasco púrpura de esmalte y se pintó las uñas cuidadosamente, se sentó en su cama abrazándose la piernas y comenzó a cantar en voz baja mientras tenía los ojos cerrados; eran las 5 y 10 minutos de la mañana.

Encendió unas velas en una esquina solitaria y fría, mientras veía el día amanecer. Unas nubes blancas surgieron de un horizonte rojo en compás con el canto de un pájaro lejano. A las 6 de la mañana se tendió sobre su espalda en su cama y observó cómo el techo comenzaba a iluminarse.
Un olor ahumado y tostado afectó su olfato y revolvió su estómago, se sentó a un lado de la cama inclinándose hacia sus rodillas, envolvió su estómago con sus brazos y cerró con fuerza sus ojos. Eran las 7 y 20 cuando sintió la cerámica del piso calentarse bajo sus pies.

Cerró las cortinas y de envolvió entre varias sábanas, se sumergió en el colchón marcado y perdió su rostro entre almohadas. No podía mantener sus párpados cerrados durante mucho tiempo; abría sus ojosy miraba algo fíjamente, luego los volvía a cerrar.

A las 8 y 30 alguien abrío la puerta de su habitación lentamente, esperó unos segundos y la cerró de nuevo. Se sintió alegre por un momento de que alguien se preocupara y revisara ocasionalmente que no estubiera muerta.

A las 10 volvieron a abrir y cerrar su puerta. Ella estaba muy cansada para ver quién era, un vapor denso recorría por debajo de sus sábanas. Con el cabello pegado a su cara y cuello se acostó sobre su espalda, sintió la garganta reseca y las manos entumecidas. Trató de levantarse pero estaba mareada.

Al mediodía decidió consumirse entre esos metros de tela y algodón que la conocían tanto. Tal vez sólo esperaba que alguien se atreviera a atravesar su puerta y sacarla de la cama.

jueves, enero 22, 2009

Ciudad en llamas (sinopsis)

En una ciudad abandonada y asechada por misteriosos incendios nocturnos, criaturas inmortales recorren las sombras hasta que el cielo señale el apresurado nacimiento del amanecer. Karmina es una criatura de doscientos años atrapada en el cuerpo longevo de una joven de veinte, atormentada por el horror de su especie, no desea cometer más asesinatos para alimentarse de humanos y sustentar su vida perpetua. En los días de sombra, Karmina se escapa de su hogar, una casa abandonada a las afueras de la ciudad la cual comparte con sus hermanas de sangre y cómplices homicidas, para circular por las calles conquistadas por los mortales. Refugiada en las bibliotecas, Karmina se nutre con los textos y clásicos de las instalaciones de la universidad instalada en la localidad; es el único lugar lo suficientemente solitario y oscuro para estar segura.

Por otro lado, Joseph Pollidori es un profesor de literatura de la universidad. Obsesionado con la mitología oscura y la bibliografía de terror, se encuentra a punto de perder su trabajo por enseñar sus extravagantes gustos a sus estudiantes. Joseph cree fervientemente que los incendios de la ciudad son causados por vampiros que no pudieron refugiarse antes del amanecer y fueron consumidos en llamas por la luz del sol.

En una tarde lluviosa Joseph se dirige hacia ala biblioteca a devolver algunos tomos cuando observa en un rincón oscuro unos ojos brillantes entre la oscuridad. Muy extrañado se pregunta cómo alguien puede leer en las sombras, sorpresivamente Karmina surge de ese negro rincón atraída por la peculiaridad del profesor y ambos mantienen una conversación intensa de literatura y misticismo. Karmina se da cuenta de que pronto oscurecerá y que debe encontrarse con su clan de vampiros. Antes de irse, Joseph nota que del cuello de Karmina cuelga un símbolo que le es familiar.

Inquieto, el profesor se dirige hacia unos colegas para tratar de descifrar el símbolo. Descubren que se trata del escudo de un clan de vampiros. Investigando entre sus estudiantes, Joseph se entera de un club nocturno llamado The Pit que, según los rumores, es un lugar de encuentro para los no-muertos. Pero resulta más que eso: un lugar de alimentación de los inmortales gerenciado por Richard, el padre del clan. Joseph se disfraza de gótico y se dirige al club con la esperanza de encontrarse con Karmina quien se encuentra bailando con mortales al ritmo de una música estridente. Joseph se da cuenta que se ha enamorado de un vampiro. Karmina, al ver a Joseph presente en ese peligroso lugar, lo saca inmediatamente de ahí y recorren la ciudad bajo un cielo estrellado.

Joseph pierde la oportunidad de averiguar si Karmina es un vampiro real ya que ella huye rápidamente de su lado antes de que amanezca. Al llegar a su guarida, Karmina es sorprendida por su padre quien la saca violentamente de su ataúd para advertirle la peligrosidad de los humanos y para prohibirle ver a Joseph de nuevo. Ella se resiste y Richard la encierra en un féretro encadenado como castigo.

Joseph, recorre la ciudad todas las noches y frecuenta The Pit con la ilusión de volver a ver a Karmina. Al no encontrarla contrata a un grupo de estudiantes para que encuentren la guarida de vampiros. Pero una de las hermanas de Karmina, Emilie, le dice a Joseph que le han prohibido a su hermana verlo y que esos estudiantes son cazadores de vampiros, quienes no buscan los nidos de vampiros para ayudar al profesor, sino paraexterminarlos.



Emilie lleva a Joseph a su guarida para que se lleve a Karmina, pero son descubiertos por Richard quien impide que se lleven a su hija. Repentinamente llegan los cazadores a la casa abandonada con la intención de eliminar a todos los vampiros escondidos en ella. Librando una batalla con los mortales Richard es atrapado y sacado a la luz del día; mientras arde en llamas le permite y suplica a Joseph que se lleve a Karmina para salvarla. Mientras los demás vampiros tratan de deshacerse de los cazadores Joseph saca a Karmina de su prisión y le ofrece escaparse con él; pero ella decide ayudar a su familia.

Los infames cazadores parecen estar a punto de acabar con los vampiros cuando, sin advertirlo, comienza a caer la noche- El clan inmortal gana más fuerza mientras se empapan de oscuridad, ápidamente logran acabar con los cazadores entre las sombras nocturnas. Durante la lucha, Joseph resulta mortalmente herido, mientras se desangra bajo la luz de la luna se despide de Karmina, quien, sumergida en lágrimas, decide morder su cuello y trasformarlo en vampiro.
Tras la muerte de Richard la familia se ha separado, Karmina decide unir el clan y tomar su liderazgo junto a Joseph.

viernes, enero 09, 2009

Texto arreglado

Esta es mi versión arreglada de "Bitàcora", la cual entregué para una asignación para la universidad... no me fue nada mal: obtuve 19 Pts. de 20.

Bitácora del capitán

Desde la lejanía de una galaxia, en un planeta con una atmósfera casi habitable, dos especimenes del tipo Ophistolé megalomorfe, practican un ritual de comunicación extrasensorial mientras consumen Ruidcud -brebaje de color pardo que disipa vapor.
La criatura de menor talla, designada como Extrick, estudia gotas de Grolucks -un curioso líquido transparente- adheridas a una superficie traslúcida y sólida que los cobija del incierto clima. Mientras tanto, Hirboreón, la segunda criatura más grande en contextura, parece vigilar el entorno.
La peculiaridad del ecosistema en el que habitan rompe con la armonía de la desolación del ambiente que los rodea. La extraña construcción que utilizan como hospedaje posee el destello de una advertencia en su planta superior que deletrea “Cafetería”.
Una traducción preliminar del extraño lenguaje ha concluido en la siguiente transcripción:
- ¿De dónde viene las estrellas, Mariano? –Modula Extrick.
- Las de Hollywood, de la cirugía plástica; y las del cielo, no sé… no me gusta especular hasta donde no llega mi imaginación. –Gruñe Hirboreón.
- ¿Por qué no? ¿Se te hace muy complicado?
- No, es muy lejos.
- ¿Y si se llegara a caer una? Estaría lo suficientemente cerca como para especular.
- Tómate el café que se te va a enfriar. Y no hay nada peor que un café helado.
- ¿Por qué?
- Porque son como las oportunidades que no aprovechaste. Te lo tienes que tomar caliente… recalentado, ya no es lo mismo.
- Mariano, yo soy una estrella caída. Como soy del espacio y no de esta tierra a mí me gusta el café frío. –Entona Extrick en diferente pronunciación.
- Está lloviendo a cántaros, “Estrellita”, tómatelo rápido o te puedes enfermar.
- Cómo me gusta cuando me cuidas. Te quiero.
- Cállate ya.-Susurra Hirboreón mientras hunde su mirada penosa en su regazo.

Mientras las partículas de Grolucks siguen arrojándose desde la bruma grisácea en la atmósfera, ambos especimenes parecen guardar silencio en cuanto practican un duelo de miradas. Aún no se ha descifrado el significado de este rito.
Sin aviso, Extrick estira horizontalmente los bordes de su cavidad para la alimentación dejando mostrar sus dientes al exterior, a la vez, Hirboreón consume un sorbo de Ruidcud como manera de esconder su rostro que se ha tornado algo rojizo.
Posteriormente Hirboreón hace enredar uno de sus apéndices superiores entre los Cansags -largas extensiones de células anímicas nacientes del cuero cabelludo- de Extrick; el cual, después de unos instantes, se aproxima a su par y lo rodea con ambas extremidades principales. Hirboreón responde apoyando su encéfalo sobre el cráneo de su compañero.
Extraño comportamiento.

martes, diciembre 02, 2008

Sueño Nº1

Parada en medio de una calle abandonada, estaba yo, mirando las vías pavimentadas desgastadas. Una bruma espesa y extrañamente blanca caía sobre la ciudad, no importa cuánto me esforzara en mirar hacia el cielo, no había rastros del techo azul, tampoco aves explorando las nubes; ni siquiera podía ver la cima de los edificios.

Miré a mi alrededor en busca de algún movimiento vivo; una brisa gélida era mi única acompañante. Los grandes avisos y pantallas dejaban una imagen de luz y color en las penumbras de la media noche; ahora estaban apagados en un sueño, al parecer, sin un fin próximo. Debía estar en una calle como Wall Street o Brodway, a lo lejos se podía escuchar el eco de las calles, las pisadas de sus transeúntes, sus fiestas, sus táxis frenéticos, los murmullos imcomprensibles de una muchedumbre anónima.

Una luz gris asoma los vestigios de la historia de estas calles muertas. Escuchaba truenos a lo lejos, al escuchar el estruendo hueco me di cuenta repentinamente que estaba perdida. Me sentía como una Dorothy menos favorecida, por un momento pensé en hacer sonar mis tacones como palmadas mágicas; pero estaba descalza.
Caminé en busca de alguna señal de compañía; pero los cines estaban vacíosmientras mostraban la misma película en blanco y negro para una audiencia inexistente; no pude reconocer las imágenes que se mostraban en las pantallas; las tiendas estaban surtidas para una población que nunca vestiría sus ropas ni comería la comida de esos estantes.

Y, de repente, la brisa fría se detuvo, se escucharon cujidos secos a lo lejos. El aíre estaba húmedo, miré hacia arriba esperando una llovizna. Un soplo caliente calló como un manto otoñal desde arriba... lentamente fueron callendo hojas secas. De todos tamaños y formas, hojas naranjas, amarillas, marrones y grises caían en una calmada espiral hacia el pavimento negro. Parecía que, en una extraña perturbación de la naturaleza, hubiesen crecido árboles sobre las nubes y ya era tiempo de cambiar de estación con una mudanza de follaje.

Inmutables permanecían las hojas sobre su lecho oscuro, brillaban vividamente a pesar de la luz lúgubre. Tomé una de las hojas del piso y vi que en su superficie se encontraban escritas letras... palabras... oraciones. Parecía que las hojas hubiesen sido usadas como suplemento de escritores celestiales quienes las usaron en sus máquinas de escribir flotantes...

"Pero por qué caen estos manuscritos llenos de tinta. Por qué no llegaron a pertenecer al tomo de algún libro", me preguntaba con infantil calma... temerosa calma.

No podía entender lo que se encontraba escrito en las hojas, recogí un par de más y todas parecían estar escritas en algún idioma extraño, uno que nunca había visto antes. Traté de unirlas en algún orden pero no les veía sentido.
Tan inexplicable fue su llegada como su pronta partida. La brisa gélida llegó de nuevo sorpresivamente y barrió hacia la oscuridad todas esas hojas caídas. Su crujido seco fue su despedida.

Finalmente, de la nada pude ver unas escaleras al otro lado de la calle. Era la entrada a un subterráneo. Podía ver el inicio de las escaleras que se precipitaban hacia una oscuridad absoluta. De repente, vi una luz inestable alejándose hacia las sombras.
Con un rostro calmado y de curiosidad ridícula, bajé las escaleras.

lunes, noviembre 17, 2008

El bosque de cristal

Oh, pobre de la doncella casi inconsciente tendida sobre tal vil velo. Las faldas congeladas del invierno la yerguen sobre las raíces muertas, y el bosque le da sombra bajo la luz de la luna detrás de las ramas carcelarias. La infortunada damisela que tiñe de rojo las sábanas escarchadas de nieve, ve poco a poco caer los copos frágiles flotando desde el cielo nocturno. Casi se pierde en la lejanía entre los vastos árboles muertos de la cuarta estación, la virgen doncella, que no pierde la esperanza mientras cubre con sus manos la herida letal en su vientre sagrado.

Los cuervos velan su etérea presencia desde las oscuras alturas, fingen condescendencia pero esperan el festín de sangre. Qué desdichada doncella vestida de blanco, cada vez se torna más pálida, ¿por qué quiere fundirse en el hielo? Sus ojos se cierran, su cabeza tantea, su aliento desaparece.

Los aullidos agudos de bestias hambrientas resuenan desde el horizonte. La mirada perdida de la doncella no encuentra el cazador inclemente que la está asechando. Las grandes pupilas entre el océano de sus ojos se opacan de tanto esperar.

Siento tristeza por la joven doncella que aguarda desesperanzada el rescate heroico de su príncipe. El consorte enamorado que la busca sin tregua desde el amanecer; ojalá que el príncipe no crea que su pretendiente moribunda haya escapado para no volver jamás. ¡Cómo espero que el caballero la ame de verdad y no se rinda en su búsqueda!
Pobre damisela que no tiene fuerzas para pedir ayuda, su garganta se ha congelado de tanto tragar lágrimas; su cuerpo no podría sobrellevar un grito de auxilio. Su rostro juvenil muestra terror y sobresalto, sabe que morirá pronto; aún así busca aliento entre las doradas estrellas del cielo carbón. Con sus grandes ojos mantiene la vista hacia las luces parpadeantes, les pide deseos y pistas sobre el futuro, le cuenta sus sueños y querencias. Las estrellas son sus únicas compañeras esta noche, son especiales acompañantes en su último lecho, son las únicas que verán su luz apagarse.
Pero… qué son esas centellas que veo moverse entre las hojas transparentes de invierno, qué son esas dos esferas encendidas de rabia que destellan alrededor de la débil doncella tendida sobre el hielo.
Una figura se dibuja lentamente en cuanto sale de la oscuridad del bosque. Una doncella malvada se acerca tranquilamente entre copos invisibles hasta el borde de las manchas en la nieve y mira inclemente hacía la indefensa herida. Ahora que puedo ver mejor sus rostros bajo la luz plateada ambas doncellas muestran una semejanza familiar.

En agonía la pálida damisela extiende su mano ensangrentada en espera de alguna muestra de humanidad; pero sólo recibe una mirada inclemente y una expresión de desprecio. La oscura joven se inclina sobre la agonizante doncella pálida, y mientras ve rodar frías gotas por sus mejillas saca una brillante daga de su corpiño y agrava la lesión con una puñalada mortífera.

Entre una ahogado grito de sufrimiento la princesa tendida sobre la nieve mira por última vez las estrellas, se despide en su pensamiento de su amor prometido y sus ojos quedan empalidecidos como la nieve que la rodea.

Quisiera decir que parecía dormida entre el bosque de hojas traslúcidas y que fue arrullada por los copos cristalinos que caían sobre su perfil; pero sus facciones cadavéricas quedaron talladas en un grito silencioso y sus ojos sorprendidos verán al cielo para siempre.

La joven siniestra se aleja entre las sombras invernales mientras se escuchan galopantes los corceles de la corte real.

Fotografía: Justin Cooper

miércoles, octubre 22, 2008

Bitácora

En una galaxia lejana con una atmósfera casi habitable, dos especimenes, aparentemente de la misma especie, practican un ritual de comunicación extrasensorial mientras consumen un brebaje humeante. La criatura de menor tamaño y más frágil divisa gotas de líquido transparente adheridas a una superficie traslúcida que los cobija del incierto clima. El ecosistema peculiar que frecuentan rompe la armonía del ambiente desolado que los rodea ya que posee una advertencia luminosa en su planta superior que deletrea “Cafetería”. Una traducción preliminar del extraño lenguaje ha concluido en la siguiente transcripción.

- ¿De dónde viene las estrellas, Mariano?
- Las de Hollywood, de la cirugía plástica; y las del cielo, no sé… no me gusta especular hasta donde no llega mi pensamiento.
- ¿Es muy complicado?
- No, es muy lejos.
- ¿Y si se llegara a caer una? Estaría lo suficientemente cerca para especular.
- Tómate el café que se te va a enfriar. Y no hay nada peor que un café helado.
- ¿Por qué no?
- Porque son como las oportunidades que no aprovechaste. Te lo tienes que tomar caliente… recalentado, ya no es lo mismo.
- Mariano, yo soy una estrella caída. Como soy del espacio y no de esta tierra a mí me gusta el café frío.
- Está lloviendo a cántaros, “Estrellita”, tómatelo rápido o te puedes enfermar.
- Como me gusta cuando me cuidas. Te quiero.
- Cállate ya.

El espécimen más pequeño estira horizontalmente los labios de su cavidad para la alimentación dejando mostrar sus dientes. El espécimen de mayor tamaño toma un sorbo del infusión parda y luego se enreda, entre una de sus extremidades superiores, extensiones de células anímicas nacientes del cuero cabelludo del otro miembro de su especie. El pequeño, se aproxima a su par y lo rodea con ambas extremidades superiores; el otro responde apoyando su encéfalo sobre el cráneo del pequeño.

Extraño comportamiento.

sábado, septiembre 06, 2008

Cándida virgen

Me introduje casi a hurtadillas a ese despacho oscuro, frío, en el que yo mismo me sentía tan incómodo al escribir. Caminé despacio para no hacer ruido en el piso de madera, y busqué despacio entre mis libros, debía corroborar esa cita que me quitaba el sueño. ¿Pero, por qué ahora? ¿Por qué a esas altas horas de la noche? ¿Era realmente mi olvido de esa cita lo que no me dejaba conciliar sueño? Entonces miré por encima de mi hombro mientras ojeaba aquellos polvorientos libros, y la vi. Con sus ojos cerrados, instalada en mi sillón viejo, en el que a mi mismo me había vencido tantas veces la somnolencia después de incansables horas de trabajo. El despacho estaba ennegrecido por la noche, pero la plateada luz de la luna iluminaba su rostro, como si solo quisiera alumbrarla a ella.

Seguí mi falseada búsqueda entre mis libros y entonces, me di cuenta: había entrado para verla, mirarla mientras dormía, tal vez mientras soñaba. Miré de nuevo por encima de mi hombro para deleitar mi desvelo con sus pálidas mejillas y sus labios rojos… casi sangrientos. Me estaba mirando, sus grandes ojos azules se encontraban fijos en mí, y sentí pánico. ¿Qué pensaría de mí que tan desconsideradamente había entrado al despacho para cualquier tarea que bien podía esperar a la mañana, y despertarla?. No dije nada, un viento helado me inmovilizo de los pies a la cabeza de repente. Ella tampoco emitió palabra alguna, hubiese muerto porque dijera algo en ese momento; ni siquiera su rostro dibujó alguna expresión, se encontraba inmaculada, mirándome fijamente. Me sentí como un tonto. Ese momento de vacío, hubiese jurado, duró por siempre, yo estaba mudo.

Repentinamente, con suavidad, se destapó de su cobija y me estiró su inocente mano iluminada de luna. Pensé por un momento, congelado. Quería que me acercara a ella. Me encontré parado como un idiota con un libro en la mano y con una expresión estúpida. Ella sonrió y se dignó a bajar su brazo, creía que la había rechazado. Me obligué a despertar de aquel letargo, arrojé fuertemente el libro al suelo y me abalancé a tomar su mano antes de que la escondiera nuevamente bajo la frazada. Quedé arrodillado frente al sillón con su delicada mano entre las mías, sus manos estaban tan cálidas, tan suaves. Ella me miraba cándidamente con sus ojos profundos, grandes, infantiles. Me tomó por los hombros y me invitó al sillón, con ella. Yo temblaba como una hoja pendiente en un árbol en otoño; y ella lo notó. Me senté a su lado y subí los pies, no pude evitar que se encontraran con los suyos. Tenía las piernas descubiertas; ¡pero, claro!, pensé, si se encontraba durmiendo plácidamente.

Se acurrucó junto a mí, apoyó su cabeza en mi pecho y cerró sus ojos. Yo no sabía qué hacer, una oleada de escalofríos me poseyó. Con los ojos cerrados tomó mis torpes manos y las colocó suavemente a su alrededor, enredó sus piernas entre las mías, y apoyó una mano en mi pecho, cerca de mi cuello. Yo sentía que no podía respirar. Ella suspiró profundamente y se dispuso a dormir nuevamente, ingenua. Una voz dentro de mi cabeza me decía a gritos que me levantara de ese sillón y que saliera inmediatamente de ese despacho; pero quedé hipnotizado por su candor, su aroma, su sutileza. Cerré los ojos y hundí mi rostro en su cabello, rizado, tan suave, tenía un perfume floral que me era tan desconocido, era tan delicioso, tan vivo. Comprendí que deseaba irme a dormir todas las noches y despertarme en las mañanas con ese olor, envolviéndome. Casi sentía sus latidos, calmados; a diferencia del mío que asemejaban un caballo desbocado. Acaricié su hombro un par de veces y presioné más mis piernas con las suyas, rodeándola. El frío de la noche desapareció.

Esa noche dormí pacíficamente, ni una pesadilla, como si ella resguardara mis sueños, los protegiera. Siempre que quería abrir mis ojos para corroborar que no era una fantasía, todo lo que tenía que hacer era pasar mis dedos por su abundante cabellera y sentir su aliento cosquilleando mi pecho, entonces sabía que de verdad alguien me ofrecía un largo abrazo nocturno que me acunaba con una dulzura infinita.

Esa mañana desperté fresco, ni una gota de sudor conquistaba mi frente. Me dolía la espalda, y tenía las piernas acalambradas, estaba entumecido y tenía un gran ardor en un lado de mi cuello. Hacía mucho tiempo que no compartía un lecho con alguien. Pero no me importó, no quería despertar nunca, porque por primera vez en años, no me dolía el corazón.
(Ilustración: Victoria Francés)